Hace muchos años, en un lejano país, había una preciosa muchacha de ojos verdes y rubia melena. Además de bella, era una joven tierna que trataba a todo el mundo con amabilidad y siempre tenía una sonrisa en los labios.
Vivía
con su madrastra, una mujer déspota y mandona que tenía dos hijas tan engreídas
como insoportables. Feas y desgarbadas, despreciaban a la dulce
muchachita porque no soportaban que fuera más hermosa que ellas.
La
trataban como a una criada. Mientras las señoronas dormían en cómodas camas con
dosel, ella lo hacía en una humilde buhardilla. Tampoco comía los mismos
manjares y tenía que conformarse con las sobras. Por si fuera poco, debía
realizar el trabajo más duro del hogar: lavar los platos, hacer la colada,
fregar los suelos y limpiar la chimenea. La pobrecilla siempre estaba sucia y
llena de ceniza, así que todos la llamaban Cenicienta.
Un
día, llegó a la casa una carta proveniente de palacio. En ella se decía que
Alberto, el hijo del rey, iba a celebrar esa noche una fiesta de gala a la que
estaban invitadas todas las mujeres casaderas del reino. El príncipe buscaba
esposa y esperaba conocerla en baile.
–
¡Ni lo sueñes! ¡Tú no eres tan simpática como yo! Además, sé de buena tinta que
al príncipe le gustan las mujeres de ojos grandes y mirada penetrante –
contestó la menor de las hermanas mientras se pintaba los ojos, saltones
como los de un sapo.
Cenicienta
las miraba medio escondida y soñaba con acudir a ese maravilloso baile.
Como un sabueso, la madrastra apareció entre las sombras y le dejó claro que
sólo era para señoritas distinguidas.
–
¡Ni se te ocurra aparecer por allí, Cenicienta! Con esos andrajos no puedes
presentarte en palacio. Tú dedícate a barrer y fregar, que es para lo que
sirves.
La pobre Cenicienta subió al cuartucho donde dormía y lloró amargamente. A través de la ventana vio salir a las tres mujeres emperifolladas para dirigirse a la gran fiesta, mientras ella se quedaba sola con el corazón roto.
–
¡Qué desdichada soy! ¿Por qué me tratan tan mal? – repetía sin consuelo.
De
repente, la estancia se iluminó. A través de las lágrimas vio a una mujer de
mediana edad y cara de bonachona que empezó a hablarle con voz aterciopelada.
–
Querida… ¿Por qué lloras? Tú no mereces estar triste.
–
¡Soy muy desgraciada! Mi madrastra no me ha permitido ir al baile de palacio.
No sé por qué se portan tan mal conmigo. Pero… ¿quién eres?
–
Soy tu hada madrina y vengo a ayudarte, mi niña. Si hay alguien que tiene que
asistir a ese baile, eres tú. Ahora,
confía en mí. Acompáñame al jardín.
Salieron
de la casa y el hada madrina cogió una calabaza que había tirada sobre la
hierba. La tocó con su varita y por arte de magia se transformó en una lujosa
carroza de ruedas doradas, tirada por dos esbeltos caballos blancos.
Después, rozó con la varita a un ratón que correteaba entre sus pies y lo
convirtió en un flaco y servicial cochero.
–
¿Qué te parece, Cenicienta?… ¡Ya tienes quien te lleve al baile!
–
¡Oh, qué maravilla, madrina! – exclamó la joven- Pero con estos harapos no
puedo presentarme en un lugar tan elegante.
Cenicienta
estaba a punto de llorar otra vez viendo lo rotas que estaban sus zapatillas y
los trapos que tenía por vestido.
–
¡Uy, no te preocupes, cariño! Lo tengo todo previsto.
Con
otro toque mágico transformó su desastrosa ropa en un precioso vestido de gala.
Sus desgastadas zapatillas se convirtieron en unos delicados y hermosos
zapatitos de cristal. Su melena quedó recogida en un lindo moño adornado con
una diadema de brillantes que dejaba al descubierto su largo cuello ¡Estaba
radiante! Cenicienta se quedó maravillada y empezó a dar vueltas de felicidad.
–
¡Oh, qué preciosidad de vestido! ¡Y el collar, los zapatos y los pendientes…!
¡Dime que esto no es un sueño!
–
Claro que no, mi niña. Hoy será tu gran noche. Ve al baile y disfruta mucho,
pero recuerda que tienes que regresar antes de que las campanadas del reloj den
las doce, porque a esa hora se romperá el hechizo y todo volverá a ser como
antes ¡Y ahora date prisa que se hace tarde!
–
¡Gracias, muchas gracias, hada madrina! ¡Gracias!
Cenicienta
prometió estar de vuelta antes de medianoche y partió hacia palacio.
Cuando entró en el salón donde estaban los invitados, todos se apartaron para
dejarla pasar, pues nunca habían visto una dama tan bella y
refinada. El príncipe acudió a besarle la mano y se quedó prendado
inmediatamente. Desde ese momento, no tuvo ojos para ninguna otra mujer.
Su
madrastra y sus hermanas no la reconocieron, pues estaban acostumbradas a verla
siempre harapienta y cubierta de ceniza. Cenicienta bailó y bailó con el
apuesto príncipe toda la noche. Estaba tan embelesada que le pilló por sorpresa
el sonido de la primera campanada del reloj de la torre marcando las doce.
–
¡He de irme! – susurró al príncipe mientras echaba a correr hacia la carroza
que le esperaba en la puerta.
–
¡Espera!… ¡Me gustaría volver a verte! – gritó Alberto.
Pero
Cenicienta ya se había alejado cuando sonó la última campanada. En su escapada,
perdió uno de los zapatitos de cristal y el príncipe lo recogió con cuidado.
Después regresó al salón, dio por finalizado el baile y se pasó toda la noche
suspirando de amor.
Al
día siguiente, se levantó decidido a encontrar a la misteriosa muchacha de la
que se había enamorado, pero no sabía ni siquiera cómo se llamaba. Llamó
a un sirviente y le dio una orden muy clara:
–
Quiero que recorras el reino y busques a la mujer que ayer perdió este zapato
¡Ella será la futura princesa, con ella me casaré!
El
hombre obedeció sin rechistar y fue casa por casa buscando a la dueña del
delicado zapatito de cristal. Muchas jóvenes que pretendían al príncipe
intentaron que su pie se ajustara a él, pero no hubo manera ¡A ninguna le
servía!
Por
fin, se presentó en el hogar de Cenicienta. Las dos hermanas bajaron
cacareando como gallinas y le invitaron a pasar. Evidentemente, pusieron
todo su empeño en calzarse el zapato, pero sus enormes y gordos pies no
entraron en él ni de lejos. Cuando el sirviente ya se iba, Cenicienta apareció
en el recibidor.
– ¿Puedo probármelo yo, señor?
Las
hermanas, al verla, soltaron unas risotadas que más bien parecían rebuznos.
–
¡Qué desfachatez! – gritó la hermanastra mayor.
–
¿Para qué? ¡Si tú no fuiste al baile! – dijo la pequeña entre risitas.
Pero
el la cayo tenía la orden de probárselo a todas, absolutamente todas, las
mujeres del reino. Se arrodilló frente a Cenicienta y con una sonrisa, comprobó
cómo el fino pie de la muchacha se deslizaba dentro de él con suavidad y
encajaba como un guante.
¡La
cara de la madre y las hijas era un poema! Se quedaron patidifusas
y con una expresión tan bobalicona en la cara que parecían a punto de
desmayarse. No podían creer que Cenicienta fuera la preciosa mujer que
había enamorado al príncipe heredero.
–
Señora – dijo el sirviente mirando a Cenicienta con alegría – el príncipe
Alberto la espera. Venga conmigo, si es
tan amable.
Con humildad, como
siempre, Cenicienta se puso un sencillo abrigo de lana y partió hacia el
palacio para reunirse con su amado. Él la esperaba en la escalinata y fue
corriendo a abrazarla. Poco después celebraron la boda más bella que se
recuerda y fueron muy felices toda la vida. Cenicienta se convirtió en
una princesa muy querida y respetada por su pueblo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.